‘Maestra Vida’ visibilizó el dolor de la ancianidad

(Nota del Editor: Segundo de tres artículos conmemorativos del 40 aniversario de “Maestra Vida” de Rubén Blades y Willie Colón)

 

Jaime Torres Torres

Periodismo Alternativo

 

Un Puerto Rico con rostro de anciano, como recientemente lo aseveró en una entrevista la Procuradora de las Personas de Edad Avanzada, Carmen D. Sánchez Salgado, debiera prestarle atención al mensaje del concepto “Maestra Vida” de Rubén Blades y Willie Colón que este año conmemora el 40 aniversario de su lanzamiento.

Enmarcado en 1970 en el Solar de los Aburridos, de la imaginaria Hispanía de Blades, el segundo volumen de “Maestra Vida” enfoca en la soledad, la enfermedad y la pobreza material de no pocas viejas y viejos.

Si bien el primer volumen presenta a Carmelo como un macho y jodedor, formado en la cultura patriarcal que caracteriza amplios sectores de los barrios latinos, en la segunda parte se revela su fragilidad humana, acentuada tras el fallecimiento de Manuela, cuya imagen de anciana con rosario en mano que madrugaba diariamente para ir a misa a orar por su hijo Ramiro es una estampa o tal vez una metáfora que previo a la pandemia aun se observaba en algunas parroquias de los barrios pobres de San Juan.

La misma vida reivindica a Carmelo, que de conquistador y ‘Don Juan’ se enamora y se une en matrimonio con Manuela superando los pronósticos y expectativas de los que pensaban que sería una relación efímera.

Con Manuela Peré dejó de ser hombre para convertirse en todo un varón y caballero, dispuesto el sastre a pesar de la pobreza material de sacrificarse para que la Doña no careciera de lo básico y elemental para vivir. Al enviudar, Carmelo DaSilva comprende que no vale la pena continuar vivo. Gestiona trabajo y no lo contratan.

Lo tratan con “hipócrita respeto” y el Seguro Social apenas le alcanza para vivir. Los achaques de salud y la ausencia de su hijo Ramiro, que estuvo preso, lo sepultan en una profunda depresión y decidido a morir lo encuentran sin signos vitales en un viejo sillón apretando el anillo que Manuela le regalara.

Esa realidad, con la crudeza que durante casi nueve minutos expone Blades en “Carmelo, después” (El Viejo DaSilva) no ha cambiado para muchas de las personas de la edad dorada. Si no mueren solas, fallecen olvidadas por sus hijos, nietos y demás familiares en centros de cuido, asilos y albergues donde muchos con lucidez conviven con ancianos que padecen de sus facultades mentales.

Los viejos son los que más han sufrido en la presente pandemia y emergencia sísmica. Son los que más sufrieron tras el desastre del huracán María y los que se empobrecen aun más en tiempos de tantos impuestos y aumentos en el costo de la vida.

Si bien en “Maestra Vida”, 40 años atrás, Rubén expone el mal social del abandono de los envejecientes, interpela reconocer, como lo ha afirmado el Papa Francisco, que son los grandes descartados de la sociedad y que solo importan cuando se acerca un proceso electoral o reciben el dinerito del seguro social.

Desprovistos de políticas públicas a su favor, que garanticen el respeto a su dignidad humana, padecen, sufren y mueren, a veces hasta en condiciones infrahumanas.

El texto de “Maestra Vida”, afortunadamente, recuerda que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Y con sus viejos muertos, Ramiro reflexiona y llora amargamente al no hacer en vida lo que tanto irremediablemente desearía en la hora de la muerte: expresar a Manuela y Carmelo cuánto los ama.

Así, ocurre una metamorfosis moral; un cambio y transformación ética, que desde su amargura y soledad canta en “Maestra Vida”, la que te quita y te da. A pesar de su arrepentimiento, el remordimiento y la culpabilidad lo persiguen como fantasmas junto a la memoria de Manuela y Carmelo, lo cual no le permiten ser feliz y conciliar paz en su interior.

El dolor lo redime y lo expresa muy bien, dialéctica y filosóficamente en la introspección hecha pregón después de “El entierro” de Carmelo, al que llega tarde, después de que la tierra hubiera cumplido, por su falta de carácter que no propicia que su jefe le permita salir más temprano de la factoría para despedir a su padre y con el agravante de la falta de dinero para pagar el sepelio.

“Maestra Vida, camará, te da y te quita, te quita y te da”.

Con el tiempo su hijo Rafael, nieto de Manuela y Carmelo, regresa al Solar de los Aburridos a indagar por los abuelos que nunca conoció; otra situación dura que enfrentan los viejitos que se mueren sin conocer a sus nietos y biznietos.

 

(En el último y tercer artículo de esta serie enfocaremos en la producción musical de Rubén Blades y Willie Colón y en la importancia del concepto “Maestra Vida” para la música popular.) 

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