Hay ‘veterinarios’ y Veterinarias…

Relato

Jaime Torres Torres

Prensa sin censura

Me reservaré los nombres de los médicos veterinarios visitados con mi mascota Chanel, una sata de piel oscura que, en su etapa de cachorro, abandonaron en un vertedero.

La llevamos a casa; la desparasitamos y vacunamos.

De puppie siempre recibió desprecio, patadas y golpes, que forjaron cierta desconfianza e instinto defensivo ante la cercanía o presencia de extraños.

Comparte una terraza en la casa junto a Gía, otra sata de un carácter diametralmente opuesto. Crecieron juntas y Chanel, mucho más alta, pesada y fuerte, ha establecido autoridad cuando se trata de comer.

Lo cierto es que a ambas las amo y respeto. Experiencias tristes del pasado con otras mascotas me transformaron en un ser perruno de mucha sensibilidad, dispuesto en ocasiones a relegar otras tareas por atenderlas.

No olvido, cada época navideña, la forma intrépida en que Chanel perforaba puertas y abría ventanas buscando sentirse segura en medio de las detonaciones de pirotecnia o sencillamente para escapar y aparecerse en la puerta principal de la casa para entrar.

Una tarde llegué del trabajo y la encontré agonizando porque había abierto una verja para escapar. El esfuerzo fue tan fuerte que sus ojos estaban vidriosos, desfallecida y casi sin pulso. Me desesperé, corrí, la abracé y le aspiré en el hocico hasta que recobró el aliento. Unos minutos adicionales el desenlace hubiera sido nefasto.

Con este relato lo que intento comunicar es la responsabilidad que hemos de tener con nuestras mascotas.

Esterilización, el tratamiento para el parásito del corazón que posteriormente casi me la mata y el preventivo mensual son sagrados. Incluso, les sustituimos los alimentos por una fórmula sin ingredientes modificados genéticamente.

Chanel y Gía tienen 9 años. La segunda, por su pelaje profuso, no ha padecido de las enfermedades de la piel que afectan a Chanel.

Nos documentamos y descubrimos que es un tipo de dermatitis crónica que le da a algunas mascotas. El picor y el calor que acumulan en la piel es tan insoportable que se rascan dejando la zona en carne viva.

Recuerdo al veterinario X en dirección de Luquillo a Fajardo que intentaba aliviarla con inyecciones de cortisona, pero con la salvedad de contraindicaciones. Mejoraba pero a los dos meses la condición era recurrente. Incluso, tuvo la osadía de recomendar ponerla a dormir.

Nos entregó literatura de un fármaco que supuestamente era lo último. Finalmente, al observarla sufrir de picor, se la llevé para que la inyectara.

Fue al inicio de la pandemia y esa mañana, aunque llegamos temprano, no hubo contacto con el veterinario y sí con sus asistentes, que atendían simultáneamente una decena de mascotas, pero perros de losa, de razas exóticas y muy costosos.

“Hey, llevamos aquí casi dos horas y hay personas que llegaron mucho después de nosotros y las atiendes rápido mientras nosotros esperamos. No es justo”, le increpé a su asistente y secretario.

Finalmente, aunque con asco, la atendieron y pagamos la cuenta. Pero nunca pudimos hablar con el veterinario y mucho menos recibir una orientación profesional de sus asistentes.

Se le administró el medicamento intravenoso y en lugar de mejorar, Chanel empeoró. La bañamos semanalmente y se le da un caramelo medicado para la piel, pero no ha mejorado.

Optamos por cambiar de veterinario y mientras espero por Chanel redacto estas líneas que interrumpí precisamente porque recibí una llamada de la médico veterinaria en Río Grande que, con mucha empatía y respeto por mi sata de 9 años, me orientó de manera integral.

Le hizo un raspe de la piel y detectó la presencia de un hongo muy profuso y fuerte. Recetó un shampoo medicado de la misma marca, pero de un costo demasiado bajo que el que le recetó el otro ‘veterinario’, que no se tomó la molestia, a pesar de lo que cobró, de auscultar las causas del picor.

Sé que ahora estará bien con el tratamiento correspondiente. Sé lo que es llorar la muerte de una mascota y reconozco que la vida canina es menos longeva que la de otras criaturas.

Corazón y conciencia adentro, casi a nivel espiritual, se siente mucha alegría al reconocer que no he escatimado en su cuido con respeto, valorización y voluntad de atención a su bienestar.

Pero la verdad es que hay ‘veterinarios’ y hay Veterinarias.

Regresé complacido por la atención a Chanel. Y los dejo con el siguiente pensamiento: creo en la fantasía del filme de dibujos animados “All Dogs Go To Heaven“ y en las palabras de un amigo cura español, que cuidaba y alimentaba cientos de perros en Ponce y a quien le hicimos un reportaje en la década del 90.

El Padre Russo compartió conmigo una metáfora hermosa: “Jaime, cuando te mueras, todos los perros que has amado te esperarán en las puertas del cielo”.

¿Saben qué? Lo creo porque para el Amor todo es posible. ¡Cuida tus mascotas! Y ojalá encuentres una Veterinaria como la que ahora tengo en Río Grande.

Con Chanel.

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