Tres crónicas del hambre en Puerto Rico

Istra Pacheco Alvarado

Para Prensa sin censura

Crónica 1- Jasmín

Las dos niñas de Jasmín Berríos están diagnosticadas con autismo, en una de ellas la condición es severa y los cambios radicales que su familia ha sufrido desde que se decretó la cuarentena a causa del coronavirus los han marcado a todos y les han dejado un gran daño emocional que ni siquiera puede imaginar cuándo logrará empezar a cicatrizar.

Su esposo, un trabajador de la industria de turismo, se quedó sin empleo por segunda vez en lo que va de año y debido a las secuelas de la pandemia a nivel global no tiene una fecha segura para volver a trabajar. Mientras tanto, se sostienen con el sueldo que ella gana por 32 horas a la semana rompiendo noches como guardia de seguridad.

Por eso, sintió mucha tristeza cuando a pesar de que nunca en su vida ha dependido de nadie, tuvo que reconocer que el dinero no les alcanzaba y decidió solicitar el servicio de almuerzos que está distribuyendo el municipio de Cataño.

“Nosotros somos gente trabajadora… cuando todo esto yo estaba bien bien preocupada de cómo iba a bregar porque no tengo mucha familia. Esos almuerzos han sido la diferencia entre comer bien porque estamos recibiendo esa comida cinco días a la semana o entrar en una situación bien dura porque por la condición de mis nenas yo no les puedo dar cualquier cosa; eso les agravaría”, cuenta Jasmín y se detiene de pronto como si estuviese imaginando ese escenario de indefensión del que -por ahora- está a salvo.

Jasmín, quien lleva toda su vida adulta trabajando en la misma empresa como guardia de seguridad, confesó estar dolida con los comentarios que ve en redes sociales de quienes piensan que toda persona que quiere que abran los comedores es porque no quiere cocinar, o es por vagancia o porque son gente mantenida.

“Venimos de una situación con los terremotos en que mi esposo también se quedó sin trabajar. Estuvimos un tiempo en que por esa razón agotamos unos ahorros que teníamos. Cuando nos estábamos recuperando empieza esto. Así que ahora con mi sueldo yo pago renta que no es mucho y las utilidades y ya. No da para más. Y se supone que no te pueden botar de tu casa si dejas de pagar, pero si no lo hago cuando todo pase sí me pueden botar. A eso súmale que el costo de los alimentos, con lo que ha subido, me da ahí justo. Si mañana me quitan los almuerzos quizás no nos vamos a morir de hambre, pero el desarrollo de mis nenas que les afectan los colorantes y los metales de la comida enlatada se va a afectar grandemente. Y luego a cada rato oigo gente que dice que los almuerzos ya los deben quitar, tanto dime y direte. Eso es lo que me duele. Emocionalmente me afecta”, relató.

Jasmín dice que puede entender perfectamente el miedo de algunos empleados de comedores escolares que no quisieran exponerse a un contagio y por ello se oponen a la apertura del servicio. Después de todo ella sale todos los días a trabajar sin saber con qué se topará en cada turno y toma todas las precauciones para no enfermarse y muchísimo menos contagiar a sus niñas de seis y cuatro años.

“Mis hijas es lo más que yo quiero y tengo que salir. Todos tenemos miedo. Yo las entiendo, pero si toman las medidas esas empleadas podrían ser de tanta ayuda. Porque no es fácil, de veras que una batalla pero esto es muy duro. No es fácil”, concluyó.

Crónica 2- Blanca

Antes de que el gobierno de Puerto Rico declarara una cuarentena como medida para evitar contagios por coronavirus, Blanca García de 36 años estaba a punto de terminar uno de sus más grandes logros: completar un grado asociado en Artes Culinarias.

Irónicamente, hoy no tiene idea de cuándo obtendrá finalmente el diploma que acredite todos sus conocimientos en la confección de manjares, sino que en su propia mesa escasean los alimentos para ella, su madre que está incapacitada y no recibe seguro social, sus dos hijos (uno de ellos con ansiedad crónica) y su esposo que no ha podido regresar al trabajo y aun no recibe la ayuda de desempleo.

Apenas se mantiene con la ayuda del PAN, pero al estar todos en la casa la situación se complica y la llena de frustración.

“A mediados de mes eso es algo que te ataca: abrir la alacena y ver qué le voy a hacer de desayuno a los chicos, calcular que si tengo tres mesturas vamos a ver cómo las trabajamos… A veces tengo que decidir entre el almuerzo y una cena sencilla o al revés, un almuerzo sencillo y la cena más fuerte para que no se acuesten sin comer. Nunca me imaginé vivir algo así. Uno está a la defensiva en cuanto al tiempo de huracanes, pero a una pandemia de esta magnitud que lo que hace es cobrar la vida de los seres que uno ama, yo no estaba preparada”, contó Blanca.

En el caso de su madre que tiene 61 años y sobre una decena de condiciones de salud que obligan a una dieta específica, la escasez de ingreso y la falta de acceso a alimentos se complica. Blanca detalló que los sus riñones de su mamá no funcionan bien y para que no se sigan dañando tiene que invertir en ciertos productos que son más costosos. Asimismo la falta de transporte público y de otras alternativas le ha creado una mayor fuente de angustia porque tiene que ir a pie a la farmacia, lo que le consume una gran cantidad de tiempo. Incluso, hay uno de os medicamentos que no ha estado disponible en días recientes.

“La farmacia tiene conocimiento de la situación, pero le ponen muchas trabajas a uno y en cuanto a la medicación de mi hijo menor los médicos no están trabajando”, lamentó al tiempo en que echaba un largo suspiro.

Aun ante este cuadro, Blanca asegura eso no es lo único que le preocupa y no quiere terminar la entrevista sin decir que tiene una vecina con inmovilidad en parte de su cuerpo y dificultades en el hablar, que no tiene familia y tampoco sabe si tiene alimentos porque más allá de los almuerzos calientes que durante dos semanas les hizo llegar la administración del residencial en el que viven, si no es por la ayuda de los vecinos, esa mujer posiblemente no resistiría estos cambios tan drásticos.

“Hay muchos envejecientes con necesidad y condiciones de salud, sin nadie que los ayude y que se les dificulta hacer una fila, quizás tienen problemas de sus facultades mentales. Todo esto es bien triste”, afirmó.

Crónica 3- Keyla

Por otro lado, Keyla Avilés de 44 años, padece de diabetes, hipertensión, asma y tiroides. Sus dos niños de seis y 11 años están diagnosticados con autismo y toda su familia vive en Estados Unidos. Apenas recibe una ayuda de $200 al mes que no le da para cubrir el costo de los alimentos con las particularidades que necesitan.

“Si vamos a ver no te da. Por ejemplo, el paquete de arroz que siempre se conseguía a 99 centavos ahora está en $1.50 así vas sumando con todo lo que ha subido de precio. Uno trata y a las dos semanas tienes la nevera vacía y más que por todo lo de salud tengo que comprar cosas dietéticas que están a sobreprecio. Por mis vecinas es que he podido bregar con esto. Entre nosotras nos ayudamos. Cuando falta el paquetito de arroz, cuando te falta una latita de algo vamos donde la otra a ver si ella tiene. Así es que hemos vivido entre dando y cogiendo, ayudándonos entre nosotras mismas”, explicó Keyla.

Al reflexionar sobre la situación Keyla expresa mucha rabia por el discrimen que puede ver en redes sociales y en medios de comunicación en torno a las personas que reciben ayudas federales para la comida.

“El nene mayor mío tiene otras condiciones de salud, padece del corazón y tiene escoliosis que es una deformidad en los huesos. Yo brego solita con ellos. Y con todo esto uno entra en desesperación. Te hablo claro, yo esto lo he sentido, lo he llorado”, cuenta sin poder evitar que las lágrimas salgan nuevamente. “La gente se cree que porque uno coge cupones tiene de todo y eso no es así. Hay mucho discrimen y más cuando tienes niños con autismo, qué tú le vas a explicar si ellos no te van a entender”, manifestó.

A Keyla tampoco le gusta escuchar a la gente que en tiempos normales se lamenta de sus jornadas laborales cuando ella quisiera poder llevar una rutina que incluya poder desempeñarse como programadora de computadoras que fue lo que estudió.

En muchas ocasiones ha pensado mudarse con su familia, pero incluso para eso necesita un dinero que no tiene. “Sería una buena opción por la salud de los nenes, pero no se me ha hecho fácil, la gente se cree que es así de fácil, pero sin dinero no”, enfatizó.

Para balancear todas las trabas que enfrenta, le ha dado una mano a los vecinos y en ocasiones ha ido a bañar y darle de comer a algunos envejecientes que están solos gracias a la organización comunitaria que vela para que nadie se quede en el abandono.

“Yo espero que la gente entienda lo que algunos estamos viviendo”, declaró Keyla.

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