‘Maestra Vida’, 40 años después…

(Nota del Editor: Primero de tres artículos conmemorativos del cuadragésimo aniversario del disco-drama “Maestra Vida” de Rubén Blades)

Jaime Torres Torres

Prensa sin censura

1980: año electoral en Puerto Rico y desde antes de las elecciones la radio tocó hasta la saciedad la canción “Déjenme reír” (para no llorar).

Y no pocos, como los estudiantes de la superior Carlos Escobar López en Loíza, que luego montaron una obra musical inspirada en esa canción, entonaron la línea: ‘se acaban las elecciones/y al mirar las selecciones/siempre ves la misma gente”.

Esa, gracias al control ejercido por Fania Records en parte de la industria radial nacional, fue el sencillo que sirvió de punta de lanza del disco doble “Maestra Vida” de Rubén Blades, cuya producción musical fue realizada por Willie Colón, con quien comenzó a colaborar en “The Good, The Bad & The Ugly” (1975), siendo luego “Metiendo Mano” (1977) y “Siembra” (1978) los conceptos que le establecieron como cantante sui generis de Colón sin admisión de parangón con Héctor Lavoe, cuyo repertorio incluso cantó a su estilo hasta tanto forjó el suyo con Willie.

Lo cierto es que en 2020 conmemoramos 40 años del lanzamiento de “Maestra Vida”, grabado en 1979, editado en 1980 y uno de esos discos que te impactan emocionalmente y cuya vivencia te acompaña toda la vida.

La canción de memoria recurrente, a pesar de otros éxitos como “Manuela”, “El nacimiento de Ramiro” y “Maestra Vida”, es “Déjenme reír” (Para no llorar). Una canción inapropiada para la radio comercial que, sin embargo, no se aventuró a tocar otras canciones de protesta de la época que bien podríamos enumerar aquí.

Después del mega éxito “Siembra”, acontecimiento mundial toda vez se convirtió en el álbum más vendido en la historia de la salsa, el pueblo latino esperaba con avidez el lanzamiento de un nuevo disco del binomio Blades-Colón.

Estudiaba en la UPR de Carolina y para llegar al recinto desde Río Grande, pueblo de mi domicilio, debía abordar tres autobuses. De regreso una tarde, con el dinero contado para el pasaje de la segunda y tercera parada, divisé en la vitrina de una joyería los cartuchos de ocho canales de “Maestra Vida”, Primera y Segunda Parte. Los compré y me quedé sin los chavos del pasaje de regreso. Lo que sucedió es otra historia…

De inmediato me maravilló e intrigó la ilustración de Dennis Wundelin y el concepto gráfico de Irene Perlicz: un amanecer en el escenario de un barrio popular, con la representación elocuente del hacinamiento y la estrechez que entrañan la pobreza, con los rostros de dos jóvenes enamorados frente a frente: Manuela y Carmelo. La portada de la segunda parte, simulando un atardecer con sombras, tonos oscuros y púrpuras, con la luna en su cuarto menguante, presenta a la misma pareja pero ya en su ocaso o ancianidad.

Confieso que la primera parte de “Maestra Vida” es una oda a la fiesta, a la juventud, a la virilidad, la ‘jodedera’ y a las ganas de llevarnos el mundo por delante. Pero el telón cae precisamente con “Déjenme reír” (Para no llorar): el relato de Carmelo hablando de su odisea para suplir las necesidades materiales de su esposa Manuela y su hijo Ramiro en una época de corrupción y promesas incumplidas de los políticos, que “cada cuatro años/aparecen cargando niños por el barrio/Prometiendo, saludando/El voto buscando/y robando/El voto buscando/y engañando”.

Para no pocos de mi generación esa canción caló profundo porque fue como resorte para despertar y reconocer nuestra realidad colonial y la tendencia del asfixie del bipartidismo en ciernes con la consolidación de un movimiento de tendencia anexionista y de ultra derecha conocido como Partido Nuevo Progresista o PNP.

Ese 1980 nos sacudía social, política e ideológicamente con el asesinato de Adolfina Villanueva Osorio, en una operación de desahucio (la segunda parte de “Maestra Vida” finaliza con el asesinato de Ramiro DaSilva y su esposa Virginia Ocasio al ser desahuciados en “el caserío El Progreso del senador Fulano de Tal del Partido Rebúscate cómo puedas, actualmente en el poder”) en la comunidad Tocones de Medianía Alta en Loíza.

El resultado de la elección del 4 de noviembre de 1980 fue muy controvertible. De madrugada, en el edificio Valencia en Río Piedras, Rafael Hernández Colón marchaba al frente pero repentinamente las computadoras dejaron de funcionar. 

“Los populares a la trinchera de la lucha”, dijo en un llamado a la resistencia ante el intento de robo de las elecciones por parte del PNP y Carlos Romero Barceló, quien aspiraba a la reelección y finalmente resultó certificado gobernador.

La hecatombe en Puerto Rico, con la sombra de los asesinatos del cerro Maravilla en 1978, se acentuó con la administración de Romero Barceló y Hernández Colón, bajo cuyo mandato colapsa la Sección 936, símbolo de una era de bonanza económica y financiera en Puerto Rico, a pesar de que los millones emigraban multiplicados a Estados Unidos.

Muchos, que pa’ echar pa’ lante tuvimos que estudiar y trabajar simultáneamente, nos identificamos con la estrofa: “desde que nació Ramiro/las cosas están más duras que ayer/yo lucho y yo trato y no puedo obtener/lo que pa’ vivir requiero./Desde que nació Ramiro/le dije a Manuela ‘esto esta cabrón’/no veo la manera ni la solución/pa’ poder arreglar del pobre la situación/si el político ladrón/nos entretiene con cuentos y estadísticas diciendo la culpa es de la inflación”… 

Y, como una extraña confirmación de la actualidad de la buena música, 40 años después podemos tararear “Déjenme llorar” porque, así cómo sucedió en el Solar de los Aburridos de la imaginaria Hispanía del cantautor panameño, en el Puerto Rico del 2020 abundan los Ramiros, Manuelas y Carmelos de la Vida, cuyo desenlace trágico es digno de otro comentario en la coyuntura del cuadragésimo aniversario de esta pieza de colección de la música afrocaribeña que en las notas de la grabación Blades identifica como ‘Salsa Focila’, en alusión a Folclor de Ciudad Latina.

Pendientes.

(En el segundo artículo enfocaremos la actualidad de “Maestra Vida” en la denuncia de la marginalidad a que el sistema condena a las personas de edad avanzada).

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