Grandeza y certezas de Beny Moré en su centenario

Pedro de la Hoz

Granma Cuba

Prensa sin censura

Con la Banda Gigante, Beny perfiló el entorno rítmico, tímbrico y armónico que caracterizó sus entregas, en las cuales, además del discurso vocal, pesaba un componente performático. Porque el Benny, genio y figura, era todo un personaje

Desde que nació, Bartolomé Maximiliano Moré recibió lo que debía: la herencia africana de sus ancestros en la vecindad del casino lajero de los Congos, la irradiante pujanza de la gente humilde, la ética de los que no tienen nada que perder. Tuvo la suerte de sobrevivir, porque cuántos como él no se perdieron en una Cuba donde ser guajiro, negro y pobre era la última carta de la baraja. Llevaba la música por dentro, solo había que despertarla.

Idas y venidas por la Isla en busca de sustento, poca escuela, pero bien aprendidas las letras y los números. Carretillero en Vertientes, Camagüey, y absorto practicante del tres y la guitarra. ¿Vivir de la música? Había que intentarlo, el conjuntico camagüeyano de los inicios no daba para más; La Habana, tierra prometida. Bartolo fue probando aquí y allá en la capital, de bar en bar, y mucha fonda para matar el hambre, y algunas agrupaciones más fugaces que el amor luego cantado, hasta que Mozo Borgellá le tira un cabo y se lo tira a sí mismo, pues esa era la mejor voz que podía fichar el septeto Cauto. Y del septeto Cauto al conjunto de Miguel Matamoros. Y con Matamoros a México. Fin de la prehistoria y nacimiento de un mito.

El 21 de junio de 1945, Beny llegó al Distrito Federal y permaneció en tierras mexicanas hasta su regreso a la Isla en 1952, casi siete años decisivos en su crecimiento. Viajó con el conjunto de Miguel Matamoros, quien lo había incorporado a la agrupación en 1944 para unas sesiones de estudio en el local de la rca Víctor, en la intersección de las calles habaneras de Monte y Prado.

No más arribar a Ciudad de México, a Beny se le abrieron los cielos. Con Matamoros se presentó en la emisora xew de Azcárraga y animaba las noches en el cabaret Río Rosa. El contrato expiró unos meses después y los músicos emprendieron el camino del retorno; Beny decidió quedarse en México.

Matamoros lo aconsejó: hazte un nombre, trabaja y respeta a los mexicanos, no le des mucho al trago –esto último no caló en el joven–, y no vuelvas la espalda a quienes te ayudan.

Cambió de nombre, primero probó con llamarse Homero. Bartolomé no, pues costaba pegarlo en el público, y el diminutivo Bartolo ni pensarlo: así le decían en México a los asnos. Beny sonaba bien, como el jazzista estadounidense Benny Goodman. Nacía por segunda vez Benny Moré.

Así se fue insertando en la vida musical mexicana. El gran impulso lo recibió de Humberto Cané, contrabajista que lideraba un conjunto de sones –en tierras mexicanas se hablaba por entonces de ritmos afroantillanos–, quien introdujo a Benny en la órbita de Mariano Rivera Conde, a la sazón gerente de la RCA Víctor mexicana, y artífice del no tan distante anclaje definitivo del cubano con esa casa discográfica en calidad de artista exclusivo.

Con las orquestas de otros cuatro grandes músicos cubanos, Beny penetró por esa época en el gusto de las audiencias mexicanas: Mariano Mercerón, Arturo Núñez, Rafael de Paz y, desde luego, Dámaso Pérez Prado. Aunque otros antes y después de él cantaron  mambos, el mambo cantado nunca tuvo tanta sazón como en la voz de Beny.

En Cuba una fecha fue determinante: 3 de agosto de 1953, primera presentación de la Banda Gigante en la CMQ, con Cascabeles Candado. Había pasado un año de su retorno a la Isla, de reencontrarse en Santiago de Cuba con Mariano Mercerón, coincidir con la ascendente orquesta Aragón, colaborar con otros colegas, entre estos  el inmenso Bebo Valdés, y estar en la primera línea de la banda de Ernesto Duarte.

Con la Banda Gigante, Beny perfiló el entorno rítmico, tímbrico y armónico que caracterizó sus entregas, en las cuales, además del discurso vocal, pesaba un componente performático. Porque el Beny, genio y figura, era todo un personaje.

Ello lo condujo a conectarse, como pocos artistas hacia la medianía del siglo pasado, con la sensibilidad popular, eso sí, no limitándose a una formulación estrecha, sino siempre adelantándose. Le bastaba una estructura rítmica para levantar rascacielos, la prueba está en obras suyas como Qué bueno baila usted o Se te cayó el tabaco, o las dedicadas a ciudades de Cuba como Cienfuegos, Manzanillo o Santa Isabel de las Lajas, o tomadas de otros autores como Maracaibo oriental (José  Castañeda) y Elige tú, que canto yo (Joseíto Fernández).

Del baile al puro sentimiento, siempre transitó como si fuera por un pasaje natural. No fue solo, como lo bautizaron, el Bárbaro del Ritmo, sino uno de los más tremendos boleristas que se hayan escuchado. Cómo permanecer indiferente ante Mi amor fugaz, Conocí la paz o Dolor y perdón, de su autoría; Hoy como ayer, de Pedro Vega; Oh, vida, de Yáñez y Gómez; Alma libre, de Juan Bruno Tarrazas; o Qué te hace pensar, de Ricardito Pérez. O cuando nos arropa a dúo con Pedro Vargas en Solamente una vez, de Agustín Lara.

Y así fue hasta el último día. Es hora también de derribar un mito, el del músico genial que no sabía música. Una voz autorizada, la del doctor Jesús Gómez Cairo, expresó: «Beny Moré conocía y dominaba empíricamente, pero con extraordinaria profundidad y riqueza, un conjunto de reglas, recursos y procedimientos en los ámbitos del canto, la conducción orquestal, suficientes elementos de instrumentación, armonización y formas de estructurar la composición de sus piezas, a los que unía aquella enorme intuición creadora de la cual estuvo congénitamente dotado».

¿Hace falta otro argumento para certificar su grandeza?

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