HACIA UN MANIFIESTO DEL DESPRENDIMIENTO: ¿Qué motivó el Verano Boricua?

Por ROBERTO RAMOS-PEREA
Dramaturgo Puertorriqueño

Para Prensa sin censura

Los insultos y agravios de Ricardo Roselló y su manada en el infame chat, detonaron más la opinión pública y la acción social que todas las atrocidades cometidas por su gobierno antes y después de María.

No doy por descontado la acumulación de la ira nacional con los arrestos de los corruptos semanas antes. Pero fue el infame chat el que provocó una respuesta visceral, emocional, de un fuego redentor y de un nacionalismo apasionado como no se había visto desde Vieques.

Es decir que los puertorriqueños reaccionamos más a las palabras que a las acciones. En tanto, esa emoción es profundamente individual. La alusión a los cadáveres, a la homofobia y en el caso de los PNP’s, a la propia sentencia de que fueron cogidos “de pendejos” por su propio líder, fueron detonantes de emociones extremas. Estas respuestas fueron por lo tanto, reactivas. Por lo tanto también fueron desarticuladas, sin estrategias de defensa o ponderación de consecuencias. Y por esa misma razón se corren el riesgo de agotarse rápido y de perder significación a largo plazo y solo quedar como hitos históricos de un momento heroico.

Me llega a la memoria las dos ocasiones en que se han realizado marchas el primero de mayo. Ambas han terminado en lo mismo. Si uno hace dos veces las mismas cosas de la misma manera, no puede esperar resultados diferentes. Aprisionarse en la Ave. Roosevelt para tratar de enfrentar a la Fuerza de Choque, en dos ocasiones, es un acto de temeridad que trae consecuencias y aleja a quienes de verdad quieren usar la marcha como una muestra de revolución significativa.

Cuando hablamos de emociones predominantes, hablamos de emociones, punto. Y éstas son las que producen la organicidad de lo espontáneo, lo reactivo. En esas reacciones que se sienten individuales, muchas personas olvidan fronteras de partido, fronteras ideológicas, auto impuestos límites sociales, prejuicios, religión, etc. y nos dan una sensación momentánea de unidad -que si bien es muy legítima, lleva en sí misma su propia destrucción. Si no se tiene dirección y propósito, se destruye por efímera, por pasajera, por inconsecuente.

No creo que exista alguien en Puerto Rico que piense que las marchas del “Verano boricua” fueron inútiles. Sirvieron de muchísimo. Pero no me gustaría utilizar este verbo en pasado. Quisiera decir que sirven de mucho. Que sirven para despertar a la necesidad de un liderato organizado, articulado de propósitos, con los mecanismos y la inteligencia necesaria para que a cada convocatoria, se despierten más intensas y más nutridas marchas. No de un millón, sino de toda la Nación.

Los artistas jugaron parte sustancial de esta convocatoria. Eso ya lo sabemos y no hay que abundar. ¿Podemos reducir la acción de los artistas a ser simplemente convocantes, o presenciales? Un convocante debe aspirar a ser además un actante. Pero en los movimientos ideológicos, los mismos artistas eligen no ir más allá del límite que impone una convocatoria. Como si dijéramos: “vamos, yo los convoco, pero después ustedes resuelvan”. ¿Es que acaso dramaturgos, escritores, artistas, actores, músicos, cantantes, cineastas, bailarines, gestores y productores culturales… no tienen la capacidad intelectual para ser parte actancial y no meramente presencial? ¿Se habrá cocificado la irracional sentencia de que los artistas “no pensamos, solo entretenemos”, o de que el arte y la política no tienen nada que ver?

El arte y la política están ligados en raíz y esencia. Quien teme al arte político, en realidad teme su poder revolucionario. El arte es revolución. El arte es lucha. Recordemos la enorme cantidad de cantantes performeros, maromeros, artistas gráficos, documentalistas, de actores, de dramaturgos que se manifestaron antes, durante y después de la marcha. Desde sus muros de FB, hasta las paredes del Viejo San Juan se construyó una memoria cultural identataria como nunca antes se había visto en la Nación.

Por eso no quiero pensar que la marcha fue solo una manifestación temporal y efímera de un descontento. Pero me cae la pregunta: ¿cuántas expresiones de esta magnitud se dieron entre el Grito de Vieques y el Verano Boricua? Ninguna.

Y me obliga a pensar que las protestas contra la Junta Fiscal, contra la abominable deuda, la emergencia económica, contra Julia Keleher y su hecatombe, los asesinatos de mujeres, las cenizas, la corrupción institucionalizada y las mismas muertes de María NO SON menos importantes que un chat de groserías homofóbicas. Me obligo a pensar que no. Y no sé si me desmiento.

En la marcha reventaron muchas de estas cosas, pero antes de que reventaran pasaron por el cuestionable crisol “del aguante”, Cuestiono la canción de Residente que dice que… “nuestro aguante ha sido digno”. No. Ningún aguante es digno. En el aguante no hay honor, ni hay patria. Hay victimización. Y no quiero pensar que esa emoción tan trapera haya alcanzado algún justificador de la marcha.

Entonces entramos en el papel de la izquierda en este proceso. Ciertamente la diversidad ideológica de la marcha tuvo su talón de Aquiles en la radicalización de varios sectores que la entendieron como una Guerra Apocalíptica. Una guerra para la que el pueblo no está preparado y reacciona como mejor puede a los gases, a las balas de goma y los arrestos.

El tira y jala ideológico entre “vamos a sacar a Ricky por el pelo de Fortaleza” y la famosa “protesta pacífica” al estilo Gandhi causó mucha confusión. Varios sectores radicalizaron sus acciones al punto de la confrontación inconsecuente.

No soy quien para cuestionar la legitimidad de los que se encapuchan, o los que lanzan de vuelta las bombas lacrimógenas, o los que empujan los escudos de la Fuerza de Choque. Pero esto no es la Antifa de Philadelphia o de Oregon, ni en Puerto Rico hay Black Panthers. Y duele admitir que nuestros Macheteros ya no están.

Pero muchos sectores de la protesta vieron estos actos violentos como inútiles y hasta impertinentes. ¿Qué hubiera pasado si los miles que protestamos frente a la Fortaleza hubiéramos empujado a la Fuerza de Choque, a costa de nuestra propia seguridad, hasta desbandarla y vencerla?

¿Hubiéramos entrado a Fortaleza a tomar a Ricky por el pelo, a Bea por sus aristocráticas greñas, y hasta a los pobres perritos del gobernador y tirarlos a la calle en un paroxismo de furia? (A mi ganas no me faltaron, pero … ) ¿Y después qué?

Ya vimos lo que pasó después. Un golpe de estado (que solo evitó el Tribunal Supremo), provocado por los mismos que sostienen este corrupto sistema.

Creo que el problema no era Ricky. Ricky “representaba” el problema, pero no era el problema. Nos encarnizamos contra una “representación”, no contra una causa. Y todos nos radicalizamos contra Ricky, no contra el sistema.

Entonces nos enfrentamos a los puros, a los sectarios, a los radicales. A los que incitan a la división radical de estas fuerzas orgánicas del pueblo y las quieren atraer para su causa. Todos recordamos la vergüenza que pasó el PIP cuando levantó las banderas de su partido frente al Capitolio. Todos recordamos como los sectarios y los radicales terminaron solos frente a la Fortaleza en aquellas madrugadas interminables de gases y balas de goma. Muchas veces se llegó a pensar que las protestas se hacían por la protesta misma, que eran protestas para sacar a Ricky y no para sanear al país.

La izquierda radical aún después de tantos años y tanta sangre no ha aprendido la lección de que para lograr lo que se propone necesita credibilidad y apertura. No la cerrazón del que tiene que llenar un carnet de patriota. La izquierda necesita democracia, necesita participación ciudadana, le urge la voz del pueblo que dicen representar pero no representan.

Todavía en Puerto Rico ciertos sectores de la izquierda y de la extrema derecha creen que la República o la estadidad van a llegar al otro día de las elecciones. Y esa falsa creencia, esa mentira, domina nuestro discurso, construye una narrativa de martirio que es falsa. Y encima es autocomplaciente. Lo que Chomsky llamaba “las ilusiones necesarias”. Y nos desvía de los apremiantes problemas causados por un sistema podrido desde el mismo siglo XVIII.

¿Necesitamos las mentiras imprescindibles de los puros y los sectarios?

No. Necesitamos alianzas.

Necesitamos un MAGNO MANIFIESTO DEL DESPRENDIMIENTO que nos obligue a escuchar con atención a la disidencia. Que nos obligue a sentir las verdades del otro como nuestras.

Si hemos de hablar de emociones, la unidad necesita empatía, necesita relación entre viejos y jóvenes, no entre ideologías izquierdistas rancias que ya no apelan a los jóvenes inmersos en un sistema capitalista. Necesitamos que los viejos líderes de las izquierdas históricas entiendan que la guerra fría terminó hace mucho tiempo, y que ese que llamamos “reaccionario” puede arrojarnos luz sobre asuntos e ideas que considerábamos enemigas de las nuestras. Necesitamos la muerte del infantilismo de izquierda.

Necesitamos escucharnos con desprendimiento, con pausa, con determinación por una Patria mejor ¡de acuerdo a TODOS!, no a unos pocos que se han arrogado el derecho de ser una élite intelectual de izquierda que no ha movido un dedo por mejorar el presente.

Necesitamos matar la autocomplacencia de “el que más sabe y el que más ha vivido”. Necesitamos resucitar aquellas famosas sesiones de autocrítica, pero no para condenarnos a la estrella amarilla de la traición, sino para permitir la limpieza del abrazo de la causa común.

Necesitamos que el PIP ceda de verdad, no que diga que cede y luego exige que para aliarse, hay que seguirlos porque ellos son los “únicos verdaderos independentistas”.

Necesitamos que los Populares entiendan el fracaso histórico de su fórmula, necesitamos que el PNP rinda su histórica postura de borregos de la guerra fría.

Necesitamos que las izquierdas radicales y moderadas –no pipiolas- entiendan que hay gente que aspira a la independencia o a la soberanía sin someterse a fórmulas fracasadas ni a ser tildados de traidores. Esto último parece ser el burdo mecanismo de defensa de una izquierda que no pasa del 3%.

“¿Cuál es la solución?” nos gritan desesperadas las voces de un pueblo hastiado de inmovilismo. Yo no lo sé. Pero sí sé que para que exista unidad, tiene que haber DESPRENDIMIENTO. Esa será la única manera de formar alianzas duraderas.

Pero no estamos listos para ellas. Una reunión de todas las cabezas de partidos o grupos organizados en una mesa en el Ateneo, no duraría 5 minutos.

Nuestra atención está en nuestras inmediatas carencias personales e ideológicas. No en las carencias del pueblo. Por eso las alianzas también corren el peligro de sucumbir ante el más fuerte, el más vociferante o el más numeroso. De eso ya tuvimos mucho en el Partido Unión y sus luchas intestinas entre 1904 hasta la entrada la década del 20 que crearon ídolos de barro como José de Diego y Luis Muñoz Rivera.

Por otro lado, ¿necesitamos seguir echando la culpa de nuestra incapacidad de unidad al maldito estado colonial? En este país todo lo malo que nos pasa es culpa de la colonia, pero nunca es culpa nuestra. Y como es culpa de la colonia, pues ahí se acaba la discusión.

A pesar de la colonia hemos construido una identidad. A pesar de la colonia liberamos a Vieques; a pesar de la colonia tuvimos un Verano Boricua.

Tenemos el potencial para organizarnos, para dar espacio a que la inteligencia pueda participar del poder.

En un país donde cualquier malandro de avanzada, cualquier penepé turba de trinchera o cualquier populete comisario de barrio tiene la opción de ser legislador, ¿por qué la gente que piensa el país no puede articular un discurso organizado y coherente, útil, respetuoso de la diversidad? Porque no los dejan. En Puerto Rico la inteligencia es una tara.

Pregunto finalmente, ¿cuál es la prioridad de nuestro pueblo en este momento ¿Tener un gobierno libre o un gobierno justo? Ambas, diría yo. Pero no hemos resuelto ninguna de las dos.

Necesitamos un liderato inteligente, más que uno carismático.

Pero ¿cómo convencemos al pueblo de que el carisma, la fama, el estar todo el tiempo opinando en FB, dando cara en las noticias, bailando la Macarena o cantando a Bad Bunny no es la forma de gobernar?

Si hemos de dar al carisma el mismo valor de la inteligencia, entonces señores, no me condenen por ser pesimista.

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